La idea fue del viejo: Tenemos que visitar la tierra donde nacieron. La invitación fue acogida con el mayor de los regocijos por los hijos que ya andábamos nostálgicos, envueltos en la fuerte añoranza por volver al lugar donde vimos la luz, única dueña de las minúsculas huellas de esos primeros pasos que allí se hicieron grandes.
No fue fácil reunir la mayoría de los hijos para acudir a la cita, pero los mayores, los de antes del 59, volvimos allí porque cuando la tierra llama no hay pretextos.
Más de cuarenta años en un país que revoluciona fueron más que suficientes para no encontrar la misma Concepción nuestra.
Una parada en la vieja alcantarilla de la Carretera Central bastó para percibir rápidamente la transformación de aquel paisaje antes tan familiar. Aquel otrora recorte de terciopelo verde salpicado de casas campesinas pertenecientes a abuelos y tíos, hoy nos resultó desconocido.
Cercas y más cercas de cardona se enseñorean por aquel barrio antes lleno de jardines y yerba fina. El canal, con su charca, remanso de paz para los chapuzones y las pesquerías de los más traviesos, es ahora solo una línea verde de matojos, mas reconocimos la vieja ceiba, el mamoncillo de Amparo, y la anacahuita de Reco, testigos de tantos juegos infantiles de decenas de primos.
Más que el implacable paso del tiempo ha sido la emigración. Apenas dos o tres familias de los cientos de habitantes que en mi infancia llenaban las mañanas de rocío y campanillas y calentaban las noches de dominó, café y visitas entre familias, cada una con su prole, que bajo las estrellas untaban el aire de cantos y coros de a la rueda rueda de pan y canela.
Un día entero no es suficiente para preguntar y preguntar por el paradero de cada una de estas familias que el triunfo de Enero dio salvoconducto a otras puertas de mayor luz. Muchos pobladores de la zona, por ley de vida, ya han dejado de existir, pero para alegría supimos cómo otros se han multiplicado, y ahora viven en poblados, y se han convertido en personas preparadas. Un hijo de Pelao, se hizo ingeniero, otros primos son médicos, artistas, maestros, escritores, y vuelven solo de visita.
El viejo rememora pasajes de la guerra, de los primeros rebeldes, del asalto al cuartel de Cacocum de las necesidades de aquellos tiempos que solo quedan en un triste recuerdo.
Siento necesidad de alejarme un rato del improvisado guateque desatado por este reencuentro familiar y recostada al añoso tronco de la ceiba acaricio la tierra, mi tierra llana, fina, suelta, y pienso en cómo se podrá vivir en el desarraigo y el total olvido, en el alejarnos para siempre, en ese nunca volver. Experimento lástima por los insensibles, porque no saben lo que se pierden cuando no acuden alguna vez al llamado de las raíces. De veras se pierden esta gran satisfacción, esta, que es una fiesta del alma. Aunque te calles, aunque no grites lo que te ordena ese sentimiento patrio, hay júbilo y gozo cuando se regresa a la tierra y se tiene el privilegio de desempolvar recuerdos de familia y buscar afanosos el lugar exacto donde estuvo el hogar paterno y cuando lo encuentras llegas al pozo y miras su oscuro fondo y gritas esperando que te devuelva el eco de la niña que se miraba en aquel pedacito de espejo, luego empapas tu ropa con su agua y la dejas pasar fresca por tu garganta tratando de saciar una sed de casi medio siglo.
Qué más puede ser puro si no es esto de amar el terruño de tus ancestros, si no es amar la familia, los recuerdos envueltos en mañanas de neblina y campanillas y noches de jazmín.
Podemos recorrer la geografía nuestra, podemos vivir en todo el país, o fuera de él, hoy aquí, mañana allá, conocer el mundo, pero un día hay que volver, un día hay que regresar porque el amor lo exige. No perdamos estos valores. Hazlo, vuelve a la tierra que te vio nacer y siéntate en la yerba y mira tu cielo y notarás que se te antoja más azul. Anda, y reconoce los trinos de tus amaneceres para que no vivas seco o mutilado de este elemental sentimiento, de este verdadero sentimiento que es, en definitiva, el que nos diferencia del resto de los humanos.
Marlene Gonzalez
jueves, 23 de noviembre de 2006
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