Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto del cielo.
A la vuelta contó. Dijo que había contemplado, desde arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
-El mundo es eso reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman: pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende.
Y cuando terminé de leer este fragmento de El Libro de Los abrazos, de Eduardo Galeano, me quedé pensando en qué grupo de esos fueguitos pequeñitos que desde lo alto del cielo observó este hombre del pueblo de Neguá, podría estar yo. Con la pregunta pendiente me dije que quizás lo importante no sea cómo nos clasifiquemos, sino que opinión tienen los hombres de fuego sereno, los de fuego bobo
y concluí en que lo elemental es tratar de buscar el soplo que me aviente, que me empuje y me ventile, para al menos creer que voy por la vida tratando de parecer que soy uno de esos fuegos locos que va llenando el aire de chispas.
No hay dos fuegos iguales, dijo el hombre, cada uno brilla con luz propia. Y es que, claro, no podemos tomar, ni pedir prestada la luz de otros y menos golosearla, juzgarla, menospreciarla, envidiarla o tratar de apagarla.
Aunque parezca que vamos por la vida sin alumbrar ni quemar, habría que ver la estela que cada semejante deja en su efímero paso. Es que ni la inteligencia, ni la geografía ni las riquezas pueden marcar una diferencia cuando en el ánimo de la humanidad esté como meta lograr brillar un poco más. Los deseos primarios de toda persona normal son progresar y ser feliz y ya ahí nos vamos pareciendo.
Escribió Albert Einstein que en momentos de crisis la imaginación es más importante que el conocimiento. Eh ahí la cuestión. En la situación más difícil el hombre de fuego bobo o de fuego sereno, ese que no se entera ni del viento, siempre, si se lo propone con ganas, encontrará la solución sensata sin afectar a otros.
Todo hombre tiene que darse una oportunidad de brillar, aún cuando todo parezca demasiado oscuro para andar y llegar. Pensarás que y si caes todavía podrás erguirte y hasta hacer un alto en el camino, pero seguir es la orden y seguir con la certeza de que hay que apuntar hacia la luna, porque así, aunque falles, aterrizarás en las estrellas.
Y es de ese crecer y brillar de lo que hablo. Grandes o pequeños somos fuego y ardemos y no será el mismo hombre quien nos pueda extinguir cuando de lo que se trata es de unirnos más, de protegernos unos a otros porque aunque este hombre de Neguá, desde el cielo nos vio pequeñitos, somos
Esa gente que con sólo decir una palabra enciende la ilusión y los rosales. Que con sólo sonreír nos invitan a viajar por otras zonas, nos hace recorrer toda la magia. Hay gente que con sólo dar la mano rompe la soledad, que con solo empuñar una guitarra hace una sinfonía
Y uno se va de novio con la vida, desterrando la muerte.
Nos tranquiliza pensar que sí, que existen esos hombres a quienes no podemos mirar sin parpadear; esos fuegos que arden toda la vida para dar su luz. Esos, que para siempre se ganan la admiración, esos a quienes no dudamos en acercarnos cuando precisamos encendernos.
1 comentario:
oye!!!Amiga. Ya estranaba la tan buscada seccion del semanario Ahora, un beso y dseo que siga cosechando exitos.
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