A
Digo volver porque, justamente reitero. Ustedes lo saben. Sucede que uno sigue haciendo uso de esa rápida vía de comunicación y sigue acumulando experiencias desagradables.
Cuando Adita nos explicaba que el teléfono para lo que más nos ayuda es para llevar un mensaje, coincidía en cuánto dice de cierto. Ella hacía énfasis en la fuerza que tiene, además de la palabra, el lenguaje gestual. Válido para la conversación frente a frente, no para un diálogo a distancia.
Cuando se conoce a las personas los riegos a malentendidos son menores, mas ante un desconocido vale advertir en la necesidad de poner en la voz todo lo que los ojos no pueden aclarar.
Estoy pensando en las secretarias que en algunos casos no piensan que están representando a una institución, un organismo, una escuela, un jefe inmediato y no vacilan en tratar mal a quienes han tenido la necesidad de acudir a ella por esta vía.
Nunca habrá una justificación para ser tosca, dsagradable o quizás grosera.
El contestar el teléfono no es una operación mecánica. Exige toda nuestra educación, paciencia, atención, respeto y por qué no, delicadeza. Más, repito, cuando no hay una mirada que dulcifique el tono.
Esta mañana, por cierto he llamado a un lugar y me han gritado un oiga, hable más alto que ha sido un insulto. Que distinto sería, por, favor, casi no le escucho, ¿sería tan amable de hablar un poquito más alto? ¿Qué cuesta? Pregunto.
Otra vez, al terminar una conversación con una conocida, le dije a modo de despedida. Cuídate. Lo entendió como una sutil advertencia ¡Cómo que me cuide! Eso pasó porque no vio mis ojos. Son las trampas que nos puede reservar el teléfono.
Mi mensaje, más que para recordarles mayor cuidado al hablar por este medio, es para pedirles que siempre que el tiempo y la distancia lo permitan, esperes y digas esas grandes y delicadas cosas mirando frente a frente para que a tu voz la acompañen tus ojos y tus manos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario